Historias de adolescencia

Pasé mi adolescencia en la década de los setenta. Casi nada. Una época de la vida en la que el cuerpo es pura ebullición a todos los niveles, inquietud, curiosidad y ganas de saber y cuestionarlo todo, mezclada con una década movida, convulsa más bien. Empezó con la disolución de los Beatles y el escándalo Watergate. Y no fue a mejor. Fallecieron Jim Morrison, Elvis Presley y Charles Chaplin. Vieron la luz Microsoft, Apple, y el primer microprocesador, tres males necesarios. Juan Pablo I se convirtió en el Papa más breve desde 1605 y Margaret Thatcher era la primera mujer que llegaba a ser Primer Ministro del Reino Unido.

Por mi parte, en ese tiempo descubrí mi pasión por el cine y la música. No sé por cuál de los dos mostré interés antes ni cuándo ni cómo sucedió. Simplemente llegó. La pena es que ya no les dedico el tiempo que me gustaría. Los años pasan, las responsabilidades crecen, las prioridades cambian y raramente puedes dedicarte a lo que más te gusta.

Viví la música de forma intensa. Formé parte de un grupo de audaces que, al amparo de la Casa de la Juventud de Barakaldo, nos dedicábamos a dar discoforums en el salón de actos de un local que pertenecía al ayuntamiento. Era algo novedoso en el pueblo y costó que la iniciativa cuajara entre los jóvenes pero acabó teniendo cierto éxito. También me dediqué durante un tiempo a pinchar discos en el club de alumnos de mi colegio los fines de semana. Discoforums los sábados y baile los domingos. Pero esa etapa pasó. Me fui dedicando a otras cosas y la música fue perdiendo protagonismo. Hay gente de la que se dice “empezó a sentir afición por el arte muy joven, a los diez años ya tocaba tal instrumento, o a los diecisiete años había escrito un libro, o era todo un experto en la Nouvelle vague“. Es cuestión de habilidad o talento pero no es mi caso. Lo mío era simple y pura afición.

Mi padre era muy aficionado al cine. Le gustaban Yon Vaine, James Stevar, Henry Fonda y Cary Grant. Menos mal que el nombre de éstos dos últimos se pronuncia como se lee, no quiero imaginarme si le hubieran gustado Arnold Schwarzenegger o Adewale Akinnuoye Agbajé. La pronunciación de los nombres tiene su dificultad. Hace poco me enteré de que el nombre de Ralph Fiennes, magnífico y terrible en su papel del comandante Amon Göth en “La lista de Schindler” (Steven Spielberg, 1993), se pronuncia “Reif Fi-ins” cuando yo siempre lo había pronunciado como Ralf Fains. No estoy al día. A aita le gustaban mucho las películas de vaqueros e indios y las épicas de guerra. Cuando ponían una en el cine o en la tele, allí estaba con mi madre, fiel a su cita con el celuloide. Mi pobre madre no era tan aficionada a esos géneros pero veía las películas contenta de ver a su marido disfrutar. Esas mujeres, adolescentes de posguerra, eran (son) de otra pasta, entregadas y abnegadas, alma y corazón de sus familias, duras como el pedernal e inquebrantables, no se asustaban ni se descomponían ni un ápice si veían a un tipo con la cara pintada, plumas, melena hasta la cintura, falda y un hacha en la mano corriendo y gritando como un poseso.

A mi padre le gustaban la zarzuela y el tango. Alfredo Kraus y Carlos Gardel eran sus favoritos. Pensándolo bien, ahora me doy cuenta de que tenía muy buen gusto musical. Yo heredé un poco esos gustos, en casa hay discos de zarzuela: “El Caserío”, “Katiuska”, “El huésped del sevillano” o “La verbena de la Paloma” y de tangos. Sigo oyendo a Carlos Gardel, llevo tangos suyos incluso en el móvil, pero ya no escucho zarzuela, aunque agradezco que me sirviera para conocer a Alfredo Kraus en la ópera, un grande con una técnica depurada y poco reconocido, y la Ópera en general. Mi madre era fan y amiga de Los Chimberos, sobra decir que también tenemos discos suyos en casa. También le gustaba la canción popular, era y es una fanática de la radio, la escucha a todas horas.

Mi hermano mayor también es un gran cinéfilo, creo que a él le debo mi pasión por el cine. Cuántas conversaciones y discusiones sanas sobre directores, actores o películas. Sobre quién ha sido el mejor James Bond, cuál es el western clásico por excelencia, Charles Chaplin o Buster Keaton como rey del cine mudo o cuál ha sido la obra cumbre de John Ford, de Alfred Hitchcock o de Stanley Kubrick.

En su juventud, cuando se hacen las mayores locuras, vio ¡siete veces! “El puente sobre el río Kwai” (David Lean, 1957), gran película bélica, con vocación antibelicista, que ganó siete premios Oscar. Yo le miraba extrañado, veía en él a alguien poseído o algo parecido. “¡Cómo se puede ver tantas veces la misma película!”. Para mi desagracia, tuve que comerme mis palabras porque estuve a punto de batir su record. Yo vi ¡seis veces! “Las águilas negras de Santa Fe” (Ernst Hofbauer, 1965). Una película de serie C, un pseudo western de producción alemana, italiana y francesa y director austriaco. Con esas credenciales, ¿qué podía salir mal? Sobra decir que la película no obtuvo ningún Oscar. Su mayor mérito posiblemente fue llevar público a las salas donde la ponían. El Oscar, más bien el Razzie, tenían que habérmelo dado a mí, a la pertinaz inconsciencia. La inconsciente adolescencia. Al fin y al cabo, la de mi hermano era una joya cinematográfica y la mía seguro que no habría estado ni en las ofertas de 3×2 de ningún videoclub.

A mi hermana, más joven, le gustó mucho “Grease” (Randall Kreiser, 1978), la película llegó cuando ella tenía la edad adecuada. La vio cerca de una docena de veces en su adolescencia y juventud. Cuando la veía en casa, yo me quedaba mirándola con gesto entre perplejo y resignado y le preguntaba “pero, ¿no la has visto ya suficientes veces?, ¿qué tiene esa película?”. Ella me miraba, y con gesto divertido, me decía “te recuerdo cuatro palabras: águilas, negras, santa y fe. Al menos ésta tuvo una nominación al Oscar. ¿La tuya que tuvo?” Y entonces es cuando tocaba callar, bajar la cabeza derrotado y hacer mutis por el foro. Creo que la película no ha aguantado bien el paso del tiempo o tal vez los personajes están demasiado estereotipados, Danny Zuko me chirría un poco, pero la banda sonora me parece buena y recrea muy bien la música de los años cincuenta, época en la que está ambientada. De hecho, “You’re the One That I Want” fue número uno en EEUU y Reino Unido y “Hopelessly Devoted to You” fue nominada a la mejor canción original en los Oscar de 1979.

En la adolescencia tuve mi momento rebelde con la música. Hubo un tiempo en que escuchaba a Slade, una banda británica de glam y hard rock formada en 1966. El aspecto tan llamativo de aquellos grupos con ropas brillantes y chillonas, melenas, zapatos y botas con taconazos y plataformas, y su música machacona nos tenía como embrujados a todos los quinceañeros de la época, igual que el reguetón y el pop latino a los jóvenes de hoy. Aunque nunca intenté imitar su estilo ni ponerme aquellas botas, no era tan intrépido, ya me hacía suficientes esguinces de tobillo jugando al baloncesto. Lo más arriesgado y atrevido que he hecho con mi aspecto ha sido dejarme pelo largo y barba… ¡a la vez! Pero ese momento pasó con la adolescencia y después me centré en otro tipo de música, ni mejor ni peor, sólo diferente, muy diferente.

Pero el baloncesto es la afición que más me ha acompañado a lo largo de mi vida, siempre ha estado presente. De hecho, el basket fue el primer motivo por el que empecé a escribir. Si has visitado este blog alguna vez ya te habrás dado cuenta de ello. He jugado a basket toda mi vida. Estudié en un colegio con vocación baloncestística y allí empecé a jugar con diez años. Pero, a pesar de ello, también hice mis pinitos en el fútbol, tal es el poder del deporte de masas. Durante algún tiempo compaginé los dos deportes. El lío monumental llegaba cuando intentaba rematar a gol un pase picado, coger con las manos un centro desde el lateral al área o preguntaba quién había borrado el punto de penalti mientras buscaba al portero rival cuando el árbitro me daba el balón para lanzar tiros libres. Mis entrenadores me decían que tenía que elegir, fútbol o baloncesto, y a mis espaldas rezaban para que eligiera el deporte del otro. Es lo que tiene la adolescencia, estás a todo sin centrarte en nada.

No, ahora en serio. Creo que el baloncesto ha sido y es la mayor pasión entre mis aficiones. Lo he disfrutado, y sufrido, como jugador, como entrenador de base por un corto periodo de tiempo, como padre de jugador, como aficionado y entre bastidores, dentro de una Federación, conociendo los entresijos del juego.

Colegio Paules Barakaldo

Incluso pude tener la experiencia de jugar con y contra mi hijo, como Dino Meneghin. No es que me compare con él como jugador, faltaría más, sino como padre, por la experiencia increíble de jugar contra tu propio hijo y… perder. Darte cuenta de que los años no pasan en balde. Pero esa experiencia no la cambiaría por nada, es un recuerdo imborrable, otra alegría más que me ha dado este deporte.

Hace unos días me encontré con Isa y Moi, amigos de adolescencia a los que no veía desde hace un buen número de años. Ellos llevan juntos desde entonces. Con Moi, y otros amigos, Javi, Jose, Toño, David, a los que tampoco veo porque la vida nos ha llevado por diferentes caminos, y Enrique y Pablo que nos dejaron demasiado pronto, compartí pasión por baloncesto, cine y música durante aquellos años.

Historias de adolescencia que van forjando la personalidad y nos preparan para ir descubriendo el mundo paso a paso.

Foto cine: La Cabecita.

@ricarpinedo

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